Anoche tuve un sueño –y créanme que MLK no tenía imaginación comparado conmigo-, estaba en una especie de bar, no exactamente pero algo parecido. Había una barra en un extremo y, desperdigadas por el predio descubierto, había varias mesas. Eran más grandes que lo normal en lugares así, más bien parecían esas mesas que hay en los campings, con dos bancos largos, uno a cada lado, como para seis personas. Yo estaba borracho. En una mesa estaban mis amigos, yo estaba solo. Razonaba con claridad, con onírica claridad, pero tenía el habla torpe y los movimientos primitivos. Estaba consciente de eso y me provocaba una impotencia enorme, era como ser un sobrio atrapado en el cuerpo de un borracho. Tenía sed. Tenía mucha sed. Quería tomar una cerveza, creo que no había opciones, ya me encontraba caminando como un ciego hacia la barra. El cuerpo no respondía correctamente, eso me indignaba. Cuando llegué me pareció que no tenía que comprar el vaso más grande –sólo se vendía cerveza en vaso, esos vasos descartables de plástico transparente- porque, a pesar de mi lucidez, estaba evidentemente borracho. El barman era un tipo de unos cincuenta años; no era amistoso y por alguna razón, yo lo enfurecía.
-¿Qué querés?- me dijo y me costó pronunciarlo bien. –Cerveza. – Y de abajo del mostrador sacó algo así como un jarrón gigante y transparente, lleno de cerveza. Era de vidrio.
-Acá tenés- me dijo y en seguida me esforcé por explicarle que quería una cerveza chica, sólo un vaso de cerveza, pero no lograba articular sonidos inteligibles ni mover adecuadamente los brazos para gesticular.
-Llevátelá y salí de acá-, me dijo. No me cobró.
Empecé a sentir que todos me miraban. Con los brazos apenas lograba rodear la circunferencia del jarrón. La espuma se agitaba y amenazaba con derramarse en cada movimiento. La gente debe haberlo percibido como una lucha contra el jarrón, pero en realidad era una lucha contra mi propio cuerpo. Seguía intentando alzarlo, comenzaba a desesperarme y estaba consciente de que el problema no era el jarrón. Si no lograba ubicar mis piernas en una posición que me brindara un poco de estabilidad, no iba a poder lograrlo. Tenía mucha sed, eso también me desesperaba. Logré arrastrarlo por el borde del mostrador hasta llevarlo contra mi pecho, en ese momento me desplomé. Caí sentado, con el jarrón sobre mí, inclinado, me había bañado en cerveza pero el recipiente parecía no haber perdido mucho. Tenía varios centímetros de espuma, volví a inclinarlo, desesperado. Llevé mi boca hasta el borde superior. Tenía mucha sed. Sólo me venía espuma a la garganta, la cerveza estaba más abajo. Incliné más el jarrón, hundí mi cabeza en la espuma hasta que llegó el líquido. Seguía cayéndome cerveza sobre el pecho. La sed se calmaba. Todos me miraban. Creo que había silencio, que ni siquiera se oían mis sorbos grotescos. Cuando ya había tomado suficiente vi la mesa en la que estaban mis amigos. Ellos también me miraban, murmuraban algo, quizás se reían, hablaban de mí. Fue la expresión que se les quedó marcada en el rostro mientras duró mi trayecto desde la barra hasta su mesa, en lo que me di cuenta de lo patético que era. Intenté levantarme. Arrastraba el jarrón hacia su mesa. Con cada tirón caía cerveza al suelo y sobre mis zapatos. –Tenía sed- quería decirles; -Yo quería un trago de cerveza, una cerveza chica-, quería decirles, pero los sonidos que salían de mi boca no parecían palabras. Tenía frío, estaba bañado en cerveza y embarrado por tanto caerme y arrastrarme. Quedé sentado en el suelo con el jarrón entre mis piernas, junto a su mesa. Seguían mostrándome lo patético que era. Se reían de mí pero sin alegría, tampoco lástima, era más bien asco. Ninguno bebió cerveza del jarrón, ninguno me dijo nada. Ahora me pregunto si me habrían reconocido, pero me lo pregunto ahora, no en el sueño. Tenía sed. Hundí de nuevo mi cabeza en el jarrón. Era la cerveza más rica y fresca que había probado.
13/03/2007